Una publicación de The Colorado Trust
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Jason Sweeny dice que la reclusión en la Comunidad Residencial de Apoyo de Fort Lyon, en el Condado de Bent, lo ha ayudado con su recuperación de la adicción.
Fotografías de Joe Mahoney

Personas y lugares

Abordando “el desafío a la equidad en salud de nuestra era”

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Steven Tuttle ha pasado por ciclos de adicción, falta de hogar, recuperación y vivienda tantas veces que es difícil reconstruir la trayectoria que lo llevó a Fort Lyon.

Empezó en el oeste de Denver a finales de los años 1970, en donde Turtle inhaló (y vendió) mucha cocaína durante su adolescencia. Un tiroteo y arresto lo asustaron lo suficiente, y a mediados de sus 20 años ya tenía una esposa, dos hijos y un trabajo decente pintando casas.

Cuando su esposa murió en un accidente automovilístico, Tuttle volvió a caer en la adicción. Empezó a consumir cocaína mezclada con amonio (freebasing), perdió su trabajo y terminó viviendo en la calle. Una estadía en un programa residencial de recuperación lo ayudó a retomar el rumbo, y se mantuvo alejado de las drogas hasta que a su hermano le dispararon y casi muere desangrado en los brazos de Tuttle. Eso causó otra recaída y que Tuttle terminara viviendo entre la calle, programas de desintoxicación en Denver y varios tratamientos que incluyeron centros con programas de 12 pasos, asesoría de pares, consejería por trauma y terapia cognitiva.

Estas intervenciones fueron demasiado pasajeras, y la vida de Tuttle demasiado inestable, para producir un progreso duradero. Al mismo tiempo, su existencia transitoria hizo que fuera casi imposible tratar las enfermedades físicas que se acumularon a lo largo del tiempo. Tuttle caminaba cojeando con discos protruidos, ciática, músculos desgarrados en los hombros, un tobillo rígido y más, con ocasionales tratamientos temporales en salas de emergencias y clínicas. Cuando desarrolló síntomas persistentes similares a los de la gripe, no los reconocieron como meningitis espinal hasta que fue demasiado tarde: Tuttle pasó seis semanas en estado de coma. Más tarde, contrajo endocarditis (una infección de la membrana cardíaca), que no le diagnosticaron hasta que Tuttle sufrió dos ataques cardíacos.

“Los médicos me dijeron que necesitaba dejar las drogas”, Tuttle dice, “y yo sabía que necesitaba dejarlas. Quería dejarlas. Pero he estado haciendo lo mismo por 40 años”.

La Comunidad de Apoyo Residencial de Fort Lyon quizás represente su última y mejor oportunidad para romper el ciclo. Ubicada en un exhospital de la Administración de Veteranos a 80 millas al este de Pueblo, en las praderas remotas del sudeste de Colorado, Fort Lyon está diseñada para personas como Tuttle: personas que han vivido continuamente sin hogar, con adicciones profundamente arraigadas, desafíos mentales y dolencias físicas. Fundada por el Departamento de Asuntos Locales (DOLA, por sus siglas en inglés) y administrada por la organización Colorado Coalition for the Homeless (CCH), Fort Lyon representa uno de los intentos más atrevidos en Colorado para acabar con el problema de la falta de hogar; también es uno de los más vigilados. Si puede redimir a personas con Steven Tuttle, Fort Lyon podría abrir el camino no solo hacia mejores políticas de vivienda, sino también hacia una mayor equidad en salud.

“Fort Lyon está diseñada para personas que necesitan más que solo ayuda con el alquiler para dejar de vivir en la calle”, dice Zac Schaffner de la Oficina de Iniciativas para Personas sin Hogar de DOLA. “No podemos solo agarrar a personas que enfrentan grandes obstáculos para mantener estabilidad en su vivienda y ponerlas en apartamentos sin asegurar que tengan acceso a gerentes de caso, recursos comunitarios, servicios de salud mental y otros servicios de apoyo”.

James Ginsburg, director ejecutivo de Fort Lyon, explica más directamente el argumento de la comunidad: “La vivienda es atención médica. Este programa no solo busca poner a personas en una vivienda. Busca darles a las personas enfermas la oportunidad de sanar”.

Frank Harvey, izquierda, Ron Eslinger, centro, y Derrick Ogman conversan bajo un árbol cerca de sus dormitorios en Fort Lyon.

Las conexiones entre la falta de hogar, la adicción y la salud no han sido fáciles de documentar con precisión, principalmente porque es muy difícil reunir datos confiables sobre una población que por definición es transitoria. Pero los mejores cálculos son tan desalentadores como era de esperarse.

Un estudio publicado en 2015 concluyó que el 89 por ciento de las personas sin hogar sufren de por lo menos una condición médica crónica, el 71 por ciento sufre de una enfermedad mental o estrés postraumático, el 59 por ciento están luchando contra una adicción a largo plazo y el 39 por ciento (incluido Steven Tuttle) están lidiando con estas tres condiciones al mismo tiempo: una confluencia conocida siniestramente como “trimorbilidad”.

Otra investigación (después de controlar nivel de ingresos, edad y otras variables) encontró que las personas sin hogar tienen cinco veces más probabilidad de sufrir de alcoholismo que las personas con hogar, tres veces más probabilidad de tener enfermedades hepáticas, dos veces más probabilidad de sufrir de una enfermedad mental y desnutrición y 50 por ciento más probabilidad de tener múltiples condiciones de salud crónicas.

Además, un estudio internacional que incluyó a ocho ciudades importantes en Estados Unidos, Canadá y Europa calculó que una persona sin hogar tiene 40 por ciento más probabilidad de morirse en cualquier momento que una persona con hogar de edad y situación económica comparables.

Estas tendencias se asemejan a las que aparecen en la mejor fuente de datos en Denver, la Encuesta de un “momento en el tiempo” del área metropolitana de Denver que reúne Metro Denver Homeless Initiative. La edición más reciente de este estudio anual calculó que entre las 5,315 personas sin hogar a nivel local en cualquier noche de la semana, el 27 por ciento sufre de problemas mentales y el 29 por ciento tiene problemas con el abuso de sustancias. Un subgrupo de esa población, cerca de un tercio del total, se define como “crónicamente sin hogar”, lo cual significa que, como Steven Tuttle, han estado sin hogar continuamente durante por lo menos un año, o de manera recurrente durante un periodo de varios años.

En Colorado, ese subgrupo de la población ha aumentado un 60 por ciento desde 2010, y sus características de salud han empeorado. Dentro del área metropolitana de Denver, casi el 60 por ciento de las personas continuamente sin hogar tienen discapacidades, el 57 por ciento sufre de enfermedades mentales, el 46 por ciento abusan de sustancias con regularidad y el 38 por ciento tienen otros problemas crónicos de salud. A nivel estatal, Colorado alberga cerca de 2,264 personas continuamente sin hogar, ocupando el séptimo lugar de 50 entre los estados con más personas sin hogar.

Estadísticas como estas impulsaron a dos expertos de Harvard a declarar que “abordar los problemas médicos de las personas sin hogar es el desafío a la equidad en salud de nuestra era”.

Escribiendo en el Periódico de la Asociación Americana de Medicina (Journal of the American Medical Association), los médicos Howard Koh y James O’Connell mencionaron que las personas sin hogar con frecuencia se enfrentan a “una carga compleja de problemas médicos, de salud mental y de abuso de sustancias al mismo tiempo” que reafirman, y a su vez se ven reafirmados por, la inestabilidad en la vivienda. Patrones alimenticios irregulares y rutinas caóticas causan que ciertas condiciones que bajo otras circunstancias se podrían controlar, como la diabetes y la hipertensión, empeoren por la falta de chequeos. Dolencias bacterianas y virales como la bronquitis florecen en el mal tiempo y se contagian rápidamente en refugios nocturnos. La mala higiene decima los dientes y reproduce piojos, hongos y erupciones en la piel. Las cargas físicas por la falta de hogar, desde llevar tus posesiones por todos lados y caminar a todas partes, hasta vivir constantemente (con frecuencia, dormir) sobre concreto, tienen consecuencias brutales en la espalda, el cuello, los pies y las articulaciones.

“Obviamente, estar expuesto al mal tiempo y a la intemperie puede tener consecuencias severas en la salud”, dice Mary Cunningham, becaria principal con el Instituto Urbano que se enfoca en la vivienda y la falta de hogar. “Pero la falta de acceso a la atención médica es el impacto principal. Estas personas entran y salen de la sala de emergencias. Realmente no puede recibir cuidados preventivos o tratamiento para enfermedades crónicas”.

“Se sientan en filas largas”, agrega Christina Carlson de Urban Peak, una organización no lucrativa en Denver que proporciona servicios a jóvenes sin hogar. (Urban Peak es exbeneficiaria de The Colorado Trust.) “Se les acaban los medicamentos o están vencidos. Quizás no puedan obtener los beneficios para los cuales reúnen requisitos porque no tienen una licencia de conducir o un acta de nacimiento. O ni siquiera solicitan los beneficios porque el sistema les ha fallado continuamente”.

Todos estos factores ayudan a explicar por qué las soluciones fragmentadas no han funcionado para que personas como Steven Tuttle dejen de vivir en la calle para siempre. “La población a quien ofrecemos servicios suele tener problemas concurrentes”, dice Lisa Thompson, directora ejecutiva de operaciones en CCH. “No te puedes enfocar en una cosa solamente. Necesitas tratar todo al mismo tiempo, y eso puede causar que el problema parezca tan abrumador que la gente cree que no se puede resolver”.

Por eso aparece Fort Lyon. Establecida en 2013, la comunidad integra varias formas de apoyo en un paquete integral. Los residentes de Fort Lyon viven sin pagar alquiler en viviendas estilo dormitorios con todas las comidas incluidas. Tienen acceso ahí mismo a terapia para tratar la adicción, mentores, atención médica preventiva básica y medicamentos. El tratamiento para problemas mentales más serios y trastornos mentales (incluido el trastorno de estrés postraumático) está disponible en instalaciones asociadas en Pueblo, Lamar y Las Animas. Tener vivienda y estar sobrios les permite a los residentes de Fort Lyon recibir tratamiento médico continuo y coordinado, en lugar de las curas temporales, intermitentes e incompletas que usualmente recibían en una sala de emergencias cuando estaban sin hogar.

Además de las necesidades básicas como comida, vivienda y atención médica, Fort Lyon ofrece actividades y amenidades diseñadas para encaminar a los participantes hacia comportamientos constructivos que promueven la autosuficiencia. Los participantes pueden tomar clases en escuelas técnicas (community colleges), desarrollar habilidades laborales, obtener experiencia de trabajo y hasta iniciar empresas independientes. Un exparticipante estableció una tienda de bicicletas en las instalaciones, arreglando bicicletas viejas que los participantes pueden usar para ir a y venir de Las Animas, la cual queda cerca de ahí. Otro participante maneja una barbería en el centro. Otros mantienen la carpintería, trabajan en la biblioteca y organizan partidos de softbol, torneos de billar y noches de película. Fort Lyon recientemente abrió una tienda en la calle principal de Las Animas en donde los participantes del programa venden piezas de arte, ropa y otros productos.

Tommy Suska cose una cinta a un sombrero vaquero en la sala de costura.

Ninguna de estas actividades se ofrece exclusivamente en Fort Lyon; Tuttle tuvo acceso a tipos de apoyo similares a lo largo de su vida. Pero nunca pudo obtenerlos todos al mismo tiempo, en un solo lugar y, menos aún, en un lugar tan bien abastecido como Fort Lyon. Con fondos anuales de $5 millones que proporciona el estado, Fort Lyon puede apoyar la recuperación de los participantes con más tiempo, espacio e independencia que la mayoría de los programas no lucrativos podrían pagar. Los participantes se pueden quedar hasta tres años, un periodo mucho más largo que los límites de tres a seis meses impuestos por la mayoría de los programas residenciales de recuperación. También pueden pasearse por un centro amplio y bucólico, alejados (tanto en millas como en estilo) de las junglas de asfalto.

“Está en medio de la nada”, dice Jason Sweeny, “lejos de todo a lo que estoy acostumbrado. Esta reclusión es realmente importante para la recuperación, especialmente al principio”.

Sweeny se describe a sí mismo como un “adicto a los basureros” que abusó de la heroína, la metanfetamina, el alcohol, el LSD y cualquier otra cosa que pudiera obtener. Tiene alrededor de 20 años menos que Tuttle y una lista más corta de cuidados médicos pendientes. Pero igual se ha enfrentado a bastantes desafíos tratando de cuidar su salud.

“Duermes a la intemperie”, dice sobre el estar sin hogar, “así que una pequeña congestión pulmonar puede durarte tres meses. Tuve una congestión pulmonar muy fuerte y solo me dieron un nebulizador en la sala de emergencias y me recomendaron un especialista muy lejos en Aurora, a donde es muy difícil llegar si no tienes vivienda. Quizás sea que las personas que trabajan en la sala de emergencias están hartas, pero si estás sin hogar y enfermo, te dan algunas vitaminas y algunos antibióticos y te sacan. Si estás buscando aliviar el dolor, aunque realmente lo necesites, como, digamos, si tienes la mandíbula fracturada [como alguna vez le pasara a Sweeny], no te dan nada más fuerte que Tylenol. Piensan que es un comportamiento para obtener drogas”.

Sweeny llegó a Fort Lyon después de numerosos intentos fallidos para rehabilitarse en otros programas. Fort Lyon es diferente, él dice, debido al nivel como el programa alienta a los participantes para que guíen su propia recuperación.

“Cuando llegué aquí”, explica, “lo primero que me dijeron fue que tomara 30 días para dejar que mi cuerpo se recuperara. Sacar el veneno de mi cuerpo. Comer tres [comidas] decentes al día, dormir ocho horas enteras cada noche y dejar que mi cuerpo se recuperara físicamente. La mayoría de los lugares no te dejan hacer eso. Son muy rígidos, muy estructurados, y eso nunca era bueno para mí. Me producía ansiedad y desencadenaba la necesidad de drogarme”.

Después de pasar varios meses en Fort Lyon, sobrio y sin consumir drogas, Sweeny se inscribió a Otero Community College para, dice, “iniciar una carrera que me permita obtener mi propia vivienda. Siento que tengo control sobre mi propio futuro. Voy a estar en una mejor situación cuando salga de aquí que cuando llegué”.

De manera similar, Tuttle dice sentirse más sano en Fort Lyon que en mucho tiempo. Aunque está caminando con un bastón y respirando con un tanque de oxígeno, dice: “Tengo algo sobre mi cabeza. No estoy durmiendo en el frío. No me estoy drogando, no me siento paranoico. Algunos días me siento más sano y otros día no. Pero lo estoy haciendo bajo mis propias condiciones. Aquí me puedo arreglar. Solo necesito algo de estructura y una oportunidad”.

Es entendible que Ginsburg se sienta satisfecho con esos comentarios. “Puede parecer un milagro”, dice. “Ves a personas resucitar emocional y físicamente”. Pero ha estado trabajando con personas recuperándose de adicciones por mucho tiempo como para confundir el progreso interino con el éxito permanente.

Durante más de una década como director de Denver Housing First Collaborative (DHFC), Ginsburg ayudó a miles de personas para que hicieran la transición de no tener un hogar a conseguir vivienda permanente. Cerca del 80 por ciento de los clientes de DHFC mantuvieron su vivienda y salud durante varios años. Sin embargo, alrededor del 20 por ciento terminó regresando a las calles o, peor aún, se murieron en viviendas de DHFC debido a sobredosis u otros factores relacionados con el abuso de sustancias.

Ese 20 por ciento constituye la mayor parte de las personas que viven en Fort Lyon.

“La adicción es una enfermedad crónica y progresiva”, Ginsburg dice. “Pueden estar en Fort Lyon por tres años, lo cual parece mucho tiempo. Pero estamos viendo a personas que han estado consumiendo [drogas] y bebiendo alcohol por 30 años. Si pueden mantenerse alejadas [de las drogas] aquí por tres años, eso es solo el comienzo. La recuperación a largo plazo se define como un periodo de cinco años. Solo el 15 por ciento de los consumidores crónicos de sustancias lo logran”.

Es imposible decir si Fort Lyon está cumpliendo o superando ese estándar. Para empezar, el programa acaba de cumplir su quinto aniversario, así que la meta de cinco años no ha llegado para la mayoría de las 900 personas que han vivido en Fort Lyon desde que se inauguró. Pero a nivel más fundamental, DOLA y CCH no tienen manera de darles seguimiento a los resultados de manera sistemática. Una persona podría salir sobria de Fort Lyon y mudarse directamente a un apartamento y obtener un trabajo, pero no existe un mecanismo para determinar si, y por cuánto tiempo, esa persona se mantiene sobria.

“¿Cómo sabes con certeza que caerán parados?” pregunta el representante estatal Jonathan Singer, quien copatrocinó la ley autorizando el programa de Fort Lyon. “Los datos están incompletos porque es una población con tantos desafíos. Si vuelven a perder su hogar, no es fácil encontrarlos”.

Singer, un trabajador social que preside el Comité de Cuidados de Salud Pública y Servicios Humanos en la Asamblea General de Colorado, se describe tanto como alguien que apoya a, y es escéptico de, Fort Lyon. “Es una idea brillante para ayudar a personas que no han prosperado en otros lugares”, dice. “CCH ha creado un ambiente acogedor en donde no se rechazarán a las personas y tendrán acceso a recursos que no recibirían en ningún otro lugar. Tiene un aspecto positivo muy alentador.

“Pero están separados de la comunidad que desencadenó sus adicciones. Cuando regresen a esa comunidad, ¿volverán a caer en su adicción? ¿Qué tan bien preparadas están para prosperar a largo plazo? No tenemos los datos para contestar esa pregunta”.

Sin embargo, hay algunos datos disponibles a través de una auditoría independiente que la legislatura estatal ordenó para evaluar la eficiencia de gastos de Fort Lyon. Según una versión borrador preliminar publicada el otoño pasado, cerca del 40 por ciento de quienes salieron del centro hasta la fecha lograron “completar el programa”, un concepto ambiguo. “Los participantes determinan ellos mismos cuándo han completado el programa de Fort Lyon”, la auditoría menciona, “usando como guía su progreso en el cumplimiento de su Plan de Objetivos y Resultados”. El resultado es que el 60 por ciento de las personas que vienen a Fort Lyon se van con algunos de (o todos) los mismos desafíos con los que llegaron.

Desgraciadamente, ese grupo incluye a Steven Tuttle. Dejó el programa a principios de este verano por razones desconocidas. Las leyes de privacidad impiden que Fort Lyon ofrezca cualquier detalle, pero una persona que conoce a Tuttle dice que regresó a Denver y que ha vuelto a caer en su adicción.

Entre aquellos que sí terminan el programa exitosamente, el 83 por ciento han hecho la transición a una vivienda estable. Ese es un porcentaje importante. Significa que, en Fort Lyon, alrededor de 250 personas muy enfermas recuperaron su salud y obtuvieron una nueva oportunidad en su vida. Pero, esos resultados, ¿justifican los aproximadamente $5 millones que los contribuyentes gastan cada año en el programa?

“Es una pregunta válida”, Ginsburg dice. “Me hago la misma pregunta: ¿es esta la manera más juiciosa de usar cinco millones de dólares? ¿Podrías lograr más, ayudar a más personas si gastáramos la misma cantidad de dinero en vales para la vivienda y viviendas asequibles?”

Por supuesto, nadie garantiza que la legislatura gaste alguna vez $5 millones al año en vales para la vivienda y viviendas asequibles. Singer logró obtener el apoyo para Fort Lyon en parte mostrando que el programa ahorraría dinero a corto plazo. Una persona que vive en las calles de manera crónica les cuesta a los contribuyentes alrededor de $46,000 al año en visitas a la sala de emergencias, refugios nocturnos, encarcelamiento, fuerzas de seguridad pública y otros servicios sociales. Cuesta menos de la mitad de eso, o alrededor de $20,000, que esa misma persona viva en Fort Lyon por un año.

Pero Singer teme que el apoyo no continúe si el programa no puede comprobar que está cumpliendo su misión central.

“Cuando tengamos nuestra próxima desaceleración económica, ¿podrá DOLA presentar un argumento lo suficientemente fuerte de que Fort Lyon es una buena manera de usar dinero?” pregunta. “¿O tendremos que recortar el programa porque no hay suficientes datos? Hay personas en el capitolio que nunca quisieron que Fort Lyon existiera debido al costo, o porque no creían que era la mejor manera de ayudar a esta población. Hemos tenido el lujo de contar con buenos presupuestos desde 2013, así que no nos hemos visto forzados a tomar decisiones difíciles.

“Quizás no sobreviva si no tenemos la seguridad de estar sacándole el mayor provecho al dinero”, Singer agrega. “Quiero que tenga éxito”.

Larry Borowsky

Escritor
Denver, Colo.

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