Una publicación de The Colorado Trust
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El día que Pam Clifton salió de prisión a un hogar transicional en Littleton, tenía en su posesión un par de pantalones deportivos, una caja con documentos y $3.18.

Era 2002, y Clifton había pasado casi cuatro años en prisión por un delito relacionado con drogas. Salir de la cárcel la agobió inmediatamente. Hasta pensar en entrar al 7-Eleven la aterrorizaba; había demasiadas opciones, demasiadas luces brillantes.

“Recuerdo estar en el centro y tener un ataque de pánico porque los automóviles estaban yendo muy rápido”, Clifton, ahora de 60 años, recuerda. “Había estado mucho tiempo en un mundo donde todo iba a tres millas por horas”.

Una tarde, Clifton se perdió tratando de tomar el autobús de regreso a casa después de estar buscando trabajo. Caminó más de cinco millas en la nieve para regresar al hogar transicional antes de la hora límite.

No solo eran las nuevas decisiones y responsabilidades que le pesaban. Mientras Clifton estuvo en la cárcel, su hija de siete años pasó por 23 hogares temporales y a su hijo lo pusieron en adopción. Estaba embarazada cuando empezó su sentencia, y su tercera hija murió durante el parto. Dos días después de iniciar la labor de parto, el personal de la cárcel finalmente llevó a Clifton a un hospital, pero el cordón umbilical ya se había enrollado alrededor del cuello de la bebé cortando su oxígeno.

“Era un desastre. Lo único que podía hacer era trabajar”, Clifton dice de esas primeras semanas después de salir de la cárcel. “Tenía miedo de hacer cualquier cosa”.

Clifton terminó adaptándose a la vida fuera de la cárcel. Un año después de su liberación, pudo reconectar con su hija. Su hijo regresó a vivir con ella cuando cumplió 18 años. En 2005, la Coalición para la Reforma de la Justicia Penal en Colorado la contrató y ahora trabaja allí como coordinadora de comunicaciones. Recientemente, organizó un evento virtual para enseñarles a otras mujeres previamente encarceladas cómo compartir sus historias y experiencias.

Con respecto al proceso de reingreso al salir de la cárcel, Clifton quisiera que estas mujeres tuvieran más ayuda y acceso a mejores recursos que los que ella tuvo.

“Es muy aterrorizante salir. Las cosas se mueven muy rápido”, dice. “No has podido tomar una decisión por ti misma por años; de repente, no solo tienes que tomar decisiones, sino también tienes que hacer algo basándote en ellas y hacerte responsable de todo eso.

“A veces, solo necesitas a alguien que te agarre de la mano”.

Por años, los recursos, estudios y programas se han enfocado principalmente en las necesidades de los hombres cisgénero que están saliendo del sistema de justicia penal. Los apoyos disponibles con frecuencia se usaban en las mujeres y personas de género no binario sin tomar en cuenta sus singulares trayectorias en el sistema y sus necesidades específicas al salir. Clifton es parte de un creciente esfuerzo para desarrollar servicios sensibles al género que detengan el ciclo de encarcelamiento entre las mujeres.

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Muchas personas que salen de una prisión o cárcel necesitan ayuda para empezar de nuevo. Quizás necesitan vivienda, empleo o cupones de alimentos. Probablemente no tienen suficiente ropa, dinero ni productos higiénicos básicos. Muchas no tienen acceso a transporte confiable, o ni siquiera la habilidad de cubrir los costos del traslado en autobús. Aproximadamente 50,000 personas previamente encarceladas a nivel nacional salen directamente a refugios para personas sin hogar. Estas verdades se mantienen constantes sin importar el género de la persona, pero las mujeres también enfrentan sus propios desafíos.

A las mujeres con mayor frecuencia las encuentran culpables de delitos no violentos contra la propiedad (como el robo o el hurto mayor) y de drogas. Esta actividad criminal tiene una fuerte conexión con la pobreza y el uso de sustancias. Estudios de investigación demuestran que casi el 75 por cierto de las mujeres en prisiones estatales dicen tener problemas de salud mental, en comparación con el 55 por ciento de los hombres. Se calcula que hasta un 96 por ciento de las mujeres involucradas con el sistema de justicia penal han sufrido por lo menos un evento traumático en su vida, y tienen tasas más altas de problemas concurrentes de abuso de sustancias que los hombres. También tienen menos experiencia laboral y niveles más bajos de estudios.

“Se manifiesta de manera muy diferente en comparación con lo que observamos en los patrones delictivos de los hombres”, dice Emily Salisbury, PhD, profesora asociada y directora del Centro de Justicia Penal de Utah en la Facultad de Trabajo Social de la Universidad de Utah. “[Estos factores] saturan gran parte de las vidas de las mujeres de muchas formas que contribuyen a que cometan delitos continuamente”.

Entender y reconocer lo que beneficiará más directamente a las mujeres después de salir de la cárcel es cada vez más importante. Entre 1978 y 2015, la población de mujeres en prisiones estatales aumentó 834 por ciento (en comparación con 367 por ciento entre los hombres), según la Iniciativa de Políticas Carcelarias. En Colorado, se observó un sorprendente aumento del 2,652 por ciento en la cantidad de mujeres en prisiones entre 1980 y 2017, y un aumento del 1,640 por ciento en la cantidad de mujeres en cárceles, según el Instituto de Justicia Vera.

Salisbury enfatiza que este es un problema en todo el país: “Nuestro sistema de justicia penal y de derecho penal fueron diseñados para abordar las necesidades de los hombres, y principalmente de los hombres violentos”, Salisbury dice. “Las políticas relacionadas con las mujeres con frecuencia son ideas secundarias y descartadas”.

En años recientes, programas diseñados específicamente para este creciente grupo se han lanzado alrededor del país, desde el programa de Mujeres en Recuperación en Tulsa, Oklahoma, hasta A New Way of Life en Los Ángeles y la Iniciativa de Reingreso en Longmont, Colorado. El programa estatal de Trabaja y obtén una educación y habilidades laborales recibe fondos de un subsidio federal de $7 millones; ese dinero se divide entre los más de 20 socios comunitarios que existen alrededor del estado, algunos de los cuales proporcionan ayuda enfocada en la mujer.

A pesar de este avance, Colorado, como gran parte del país, sigue enfrentando una escasez de recursos para la transición basados en evidencia y sensibles al género para las más de 1,100 mujeres que salen de prisiones estatales y 44,000 de cárceles locales cada año.

“Existe una falta enorme, enorme”, dice Julie Kiehl, directora ejecutiva del Programa Empowerment, una organización certificada que por años ha estado ofreciendo servicios para la salud del comportamiento en Denver y que se fundó para ayudar a las mujeres que estaban saliendo de la prisión o de la cárcel sin servicios ni apoyos. (El grupo también apoya a las personas que se identifican como transgénero o de género no binario.) Problemas existentes como la falta de vivienda asequible y de servicios de salud mental empeoran esa brecha en todo el estado.

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Cuando las mujeres salen de prisión, no solo tienen que preocuparse de su propio bienestar. Cerca del 60 por ciento de las mujeres en prisiones estatales o federales y 80 por ciento de las mujeres en cárceles son madres.

Esto complica los recursos que las mujeres necesitan al salir, al igual que la cantidad de tiempo y energía que tienen para invertir en su propia recuperación. Cualquier programa eficaz debe tomar en cuenta el papel que las mujeres desempeñan cuidando a otros y abordar los impactos de traumas pasados y presentes, mientras que los trabajos que acepten deben pagar suficiente y ofrecer suficiente flexibilidad para también apoyar a sus familias.

“Hay muchas más expectativas de estas mujeres que están saliendo”, dice Emily Kleeman, directora ejecutiva de la Iniciativa de Reingreso, la cual, en años recientes, amplió sus programas de género específico para todas las identidades. “Gran parte de su descarrilamiento o reincidencia está conectado con sus problemas de relaciones o con las responsabilidades de cuidado de una madre soltera que está saliendo y reuniéndose con [sus] hijos”.

Liza Johnson, quien ahora es una técnica certificada en el Programa Empowerment, dice que las mujeres que salen de la cárcel “[necesitan] los mismos recursos y oportunidades que les proporcionan a los hombres”.

Liza Johnson, de 53 años, ya había perdido los derechos parentales sobre sus dos hijos cuando la condenaron a dos años de prisión, además de dos años en libertad condicional. Johnson, nacida y criada en Colorado, había pasado más de una década entrando a y saliendo de la cárcel antes de eso; sus períodos de encarcelamiento variaron entre dos días y seis meses, y todos estuvieron relacionados con su adicción a las drogas.

Johnson todavía recuerda las preguntas que daban vueltas en su mente conforme su fecha de salida se acercaba: “¿Adónde vas a ir? No tengo trabajo; no tengo nada de experiencia. ¿Qué voy a hacer? ¿Quién me va a contratar como convicta? ¿Dónde voy a vivir? ¿Cómo voy a obtener comida, todas esas diferentes cosas?”

Recibió ayuda de más de un grupo de defensa local, incluido el Programa Empowerment. “Gran parte de lo que hacemos en Empowerment es proporcionar un espacio seguro para procesar el trauma”, Kiehl dice. “Muchas mujeres con quienes trabajamos se sienten mucho más seguras en un espacio que es principalmente o solo de mujeres, especialmente cuando hablamos de grupos [de tratamiento]”.

Empowerment ofrece servicios a aproximadamente 3,000 personas al año; más del 75 por ciento de sus clientes están recibiendo apoyo relacionado con el reingreso a la comunidad. Johnson dice que el beneficio clave del programa fue que todo, desde las clases de prevención y educación sobre las drogas y el alcohol, hasta la especialista laboral que la conectó con un trabajo limpiando casas, estaba disponible en un solo lugar.

Johnson ahora usa sus experiencias de vida en su papel como gerenta de casos médicos en Empowerment. Aprendió a escribir a máquina y a usar computadoras en el trabajo (empezó a trabajar en Empowerment hace 13 años), y se convirtió en una técnica certificada en adicciones.

“Me hizo sentir muy bien conmigo misma”, Johnson dice sobre la oportunidad. “Me hizo sentir que yo podía hacer esto”.

Desarrollar relaciones de confianza es esencial para proporcionar apoyos exitosos, dicen las personas que trabajan en este espacio. “Realmente no es justo hablar sobre el reingreso en esta burbuja”, Kiehl dice. “Hablemos sobre lo que sucedió durante todos los años que estuvieron encarceladas y lo que pasó durante todos los años que no estuvieron encarceladas”.

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La conciencia sobre las necesidades singulares de las mujeres involucradas con el sistema de justicia penal ha aumentado durante la última década.

En 2010, la Organización de las Naciones Unidas adoptó las “Reglas de Bangkok”, estándares universales para tratar a las mujeres encarceladas que reflejan “las necesidades y los requisitos específicos” del grupo. Y siguen surgiendo nuevas iniciativas nacidas de esta creencia central: en septiembre de 2021, el Centro para el Trauma y la Resiliencia de Denver lanzó la Experiencia de reingreso orientada hacia la comunidad; este programa piloto proporciona ayuda informada por el trauma y sensible al género para mujeres de color previamente encarceladas. En abril de 2022, el Proyecto Elevate, un hogar de transición para mujeres, informado por el trauma y administrado por la Ciudad de Denver en colaboración con Empowerment, abrirá con cerca de 50 camas. (El último y único hogar transicional para mujeres de Denver fue de propiedad privada, lo administró GEO Group y cerró en octubre de 2019.)

Algunos sistemas correccionales también están mejorando sus procesos para evaluar a las mujeres independientemente de los hombres, en lugar de depender de herramientas basadas en el género masculino o neutral. Salisbury ayudó a desarrollar la Evaluación de las necesidades de riesgo para mujeres (WRNA, por sus siglas en inglés), una herramienta que pronostica el riesgo de incidencia con base en las necesidades y fortalezas singulares de las mujeres y cuyo objetivo es detener el ciclo del encarcelamiento. Es la única herramienta examinada y reconocida por pares creada específicamente para las mujeres afectadas por el sistema de justicia.

La Ciudad y el Condado de Denver ya participó en talleres de capacitación sobre la WRNA e incluirá a todavía más partes interesadas (entidades no lucrativas, proveedores de servicios legales, etc.) a esas clases este año, dice Lynn Unger, gerenta de programas para la Corte del Condado. En un día cualquiera, alrededor del 15 por ciento de la población encarcelada en Denver se identifica con el género femenino, dice.

Unger enfatiza que reducir la reincidencia no tiene que ver solamente con identificar los riesgos de las mujeres para cometer crímenes. También tiene que ver con trabajar en sus ventajas. “Es asegurar que estemos apoyando sus fortalezas educativas, familias y autoeficacia”, dice. Unger tiene la esperanza de que los esfuerzos de las cortes del condado sirvan como un modelo para el resto del estado.

Como era de esperarse, la pandemia de COVID-19 ha entorpecido parte de este progreso. La Iniciativa de Reingreso y el Programa de Empowerment solían ir a las prisiones para empezar crear relaciones con las mujeres y diseñar planes prácticos para después de su liberación. El personal solía esperar a las mujeres en la puerta cuando iban saliendo. Al equipo de la Iniciativa de Reingreso no le han permitido entrar a las prisiones desde marzo de 2020, mientras que las visitas de Empowerment no han sido constantes desde entonces.

Las personas que trabajan en estos esfuerzos dicen que establecer una conexión inicial cuando las mujeres todavía están en la cárcel es un paso vital para alcanzar el éxito más adelante. “Es tan importante cuando hablas del reingreso empezar a hablar sobre esto [de cerca] para tratar de proporcionar servicios comunitarios y llevar la comunidad a las cárceles y prisiones para que realmente sea de adentro hacia afuera”, Kiehl dice. “Los servicios necesitan empezar desde mucho, mucho, mucho, mucho antes porque, entonces, tienes una posibilidad más realista de continuar con ese impulso”.

La legislatura estatal parece haber reconocido ese hecho. En 2021, aprobó una propuesta de ley que busca reducir la reincidencia al requerir que el Departamento de Correccionales de Colorado, entre otras cosas, desarrolle un plan para cada persona encarcelada antes de su liberación. Además, en noviembre, la oficina del Procurador General de Colorado anunció un subsidio de $1.1 millones para mejorar el “sendero de la prisión al empleo”. Otro programa nuevo de subsidios, facilitado en parte por la Coalición Latina para el Liderazgo Comunitario, aumentará los servicios de administración de casos disponibles para personas que saldrán pronto en libertad o salieron recientemente, incluidas aquellas en el Establecimiento Penitenciario para Mujeres en Denver.

“Cuando ves que estas cosas se están estableciendo, las mujeres empiezan a sentirse empoderadas, empiezan a trabajar en sí mismas… empiezan a tomar su merecido lugar en sus familias… y empiezan a convertirse en ciudadanas productivas para sus familias y comunidades”, Salisbury dice. “Cuando implementamos políticas y programas sensibles al género, notamos [reducciones en la reincidencia] en comparación con cuando implementamos políticas de género neutral”.

Esta última parte es de especial importancia en Colorado. El estado tiene con una de las peores tasas de reincidencia en el país, ya que casi el 45 por ciento de las personas que salen de una prisión estatal regresan al sistema en tres años. (Este porcentaje data de 2017, el año más reciente para el cual datos existen.) Durante los últimos dos meses para los cuales hay datos disponibles, el Departamento de Correccionales está pronosticando un aumento del 6 al 13 por ciento en la cantidad de mujeres en libertad condicional que regresarán a la cárcel este año con una nueva condena penal; entre los hombres, se espera un aumento del 9 por ciento.

Sin embargo, en 2020, la tasa de reincidencia entre los participantes de los programas de la Iniciativa de Reingreso fue del 5.6 por ciento.

“A veces, pareciera que a las mujeres se las limita en el tipo de recursos a los que pueden tener acceso y, porque no hay muchos de estos recursos disponibles, tienen que aceptar lo que les toque, y a veces eso no es suficiente”, Johnson dice. “Necesitamos los mismos recursos y oportunidades que les proporcionan a los hombres”.

Traducido por Alejandra X. Castañeda

Daliah Singer

Escritora y editora independiente
Denver, Colo.

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